Por algún extraño motivo, el destino no quiso que compartiera el texto en el que les decía que estoy bien en este momento, que di un giro de 180° y que tras darme cuenta que no se guardó nada de lo que escribí, asumí que eso se queda en mí.
Fue un buen desahogo, pero el pasado es pasado. No lo pienso escribir más sobre ello. Fueron las últimas palabras que les dediqué a ellas, pues nadie sabrá lo que pasé. Nada como una labor de demolición del corazón para reconstruirse, ¿verdad?
El lunes comienzo con el ejercicio, retomaré el gimnasio con instructores, nutriólogas y fisioterapeutas, no es cliché, pero esto sí me costará mucho dinero y no lo pienso desperdiciar; y así como inesperadamente me encontré con un bonito departamento amueblado, en el que puedo trabajar desde casa tranquilamente, además de tener la fortuna de no convivir con mis vecinos, me siento feliz.
En el barrio ya me ubican y me saludan por mi nombre. Incluso, la chica que me corta el cabello sabe cómo quiero el corte y no omite detalles al recordar nuestras charlas, tanto así, que reconoció de inmediato mi nuevo tatuaje.
En fin. Creo que cada mañana es una nueva oportunidad, porque si no sales de la cama y asumes que la vida es triste, así será. En cambio, Dios solo me da una nueva oportunidad todos los días y debo aprovecharla, porque si algo no tenemos es el tiempo asegurado.
Somos lo que nos decimos frente al espejo. Cada quien su Santo o sus demonios.
Amén.


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